La
Iglesia ante la violencia doméstica
Por
Pablo A. Jiménez
Bosquejo:
I.
Introducción
II.
¿Qué es la violencia doméstica?
III.
¿Quiénes son las víctimas de la violencia
doméstica?
IV.
¿Qué puede hacer la Iglesia ante la violencia doméstica?
V.
Conclusión
I.
Introducción
La
mayor parte de los seres humanos vemos el hogar como un lugar de
amor, paz y compañerismo. Al final de un largo día
de trabajo, regresamos a nuestros hogares para compartir el resto
de la tarde con nuestros seres queridos. Allí comemos, hablamos,
jugamos, descansamos, y dormimos. En el mejor de los casos, el hogar
es un lugar de refugio donde estamos a salvo de los males que azotan
la sociedad.
Sin
embargo, muchos hogares, lejos de refugios, son campos de batalla.
Cada día el periódico, la radio, y la televisión
narran más crímenes pasionales, más asesinatos,
y más delitos contra la persona. Las estadísticas
policíacas nos informan que la mayor parte de los actos de
violencia contra la mujer ocurren en el hogar, dado que son causados
por sus esposos, amantes, o ex-compañeros sentimentales.
Ante este azote de las fuerzas del mal, ¿qué puede
hacer la Iglesia de Jesucristo?
En
este artículo exploraremos algunas de las estrategias que
puede usar la Iglesia para combatir la violencia en el hogar. Trataremos
de contestar tres preguntas sobre el tema: ¿Qué es
la violencia doméstica? ¿Quiénes son las víctimas
de la violencia doméstica? Y ¿Qué puede hacer
la Iglesia ante la violencia doméstica?
II. ¿Qué es la violencia doméstica?
Para
contestar esta pregunta, es necesario definir el término
"violencia". La violencia es "la calidad de ser violento;
de tener genio iracundo y de cometer injusticias." Un punto
interesante sobre esta palabra es su raíz; "violencia"
proviene del término griego "bios", que significa
"vida." La violencia es, pues, una manifestación
de las fuerzas del mal contra la vida. Al oponerse a la vida, la
violencia se coloca en contra de Dios, quien nos ha creado para
disfrutar la vida a plenitud.
En
Efesios 4:25-27 podemos ver la relación entre la violencia
y las fuerzas del mal. Después de exponer varios puntos doctrinales
en los primeros tres capítulos de la epístola, Efesios
presenta diversos consejos para la vida cristiana. El texto ofrece
una enseñanza sobre la relación entre la ira, la violencia
y las fuerzas del mal:
Por
lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su
prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos,
pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo,
ni deis lugar al diablo.
Efesios
4:25-27
Como
sabemos, la mentira es un pecado, y como tal, tiene consecuencias
funestas para el creyente. El pecado nos aleja de Dios y de los
demás. Las consecuencias de la mentira son aún peores
cuando nos llevan a pecar contra otro creyente. La mentira rompe
la comunión y la unidad que debe caracterizar la Iglesia
de Jesucristo (v. 25). Del mismo modo, la ira puede tener consecuencias
desastrosas para la persona cristiana.
Aunque
enojarse no es pecado, la ira descontrolada puede conducirnos a
pecar contra Dios y contra los demás. Por eso el texto nos
advierte diciendo: "Si se enojan, no pequen" (v. 26a).
Del mismo modo, no debemos pasar todo el día enojados (v.
26b). El v. 27 da la razón por la cuál el creyente
debe evitar la ira descontrolada: Un creyente cegado por la ira
puede ser engañado por el diablo.
La
ira descontrolada puede llevarnos a mostrar conducta agresiva contra
nuestros familiares. Cuando se actúa en forma violenta contra
las personas amadas, hay violencia doméstica. Este tipo de
violencia se manifiesta de diversas maneras. La forma más
sutil de agredir a los demás componentes del hogar es la
violencia emocional. Esta se manifiesta por medio de palabras duras,
actos humillantes, intimidación y juegos psicológicos.
Cuando un padre insulta continuamente a sus hijos; cuando una persona
humilla en público a su cónyuge; cuando un adolescente
amenaza a sus abuelos o cuando se acusa injustamente al cónyuge
de infidelidad, hay violencia emocional.
Lamentablemente,
la violencia doméstica también se manifiesta en forma
activa y directa por medio del maltrato físico y el abuso
sexual. Por lo regular, en el hogar afectado por este mal se desarrolla
un "ciclo de violencia". Después de un tiempo de
armonía, las tensiones en el hogar van aumentando hasta que
desembocan en la agresión. La agresión es seguida
por un corto período de reconciliación después
del cuál las peleas vuelven a comenzar y ocurre otro acto
agresivo. Este ciclo debe detenerse a tiempo, antes de que el agresor
mate a la persona agredida.
III. ¿Quiénes son las víctimas
de la violencia doméstica?
La
violencia doméstica afecta a todas las personas que forman
parte el hogar. De acuerdo a las estadísticas, en la mayor
parte de los casos el esposo es el agresor y la esposa es la víctima.
Sin embargo, la realidad puede ser más compleja:
1.
La mujer puede ser maltratada tanto por su pareja
como por sus hijos adolescentes.
2.
La niñez puede ser víctima de maltrato
físico por parte de adultos.
3.
Los ancianos pueden ser abandonados, explotados
económicamente, despojados de sus bienes, mal alimentados,
usados como si fueran sirvientes, o golpeados por hijos o nietos
violentos.
4.
En ocasiones, el varón puede ser abusado
físicamente por su esposa. Cuando una mujer le pega a su
esposo, casi nunca busca hacerle daño físicamente.
Al golpearlo, busca humillar y provocar a su pareja.
Son
muchos los mitos que rodean la violencia doméstica. El primero
es: "A mí no me puede pasar". La verdad es que
todo el mundo puede verse involucrado en una situación de
violencia doméstica; nadie está exento de caer en
este mal. Muchas mujeres dicen que nunca permitirían que
su esposo que les pegara. Sin embargo, cuando les pasa se sienten
tan temerosas y desorientadas que se paralizan, permitiendo así
que recurra el problema. En segundo lugar, encontramos la creencia
de que la mujer busca la agresión y que, por lo tanto, ella
es la responsable del episodio de violencia. Este mito se manifiesta
en frases tales como: "a la mujer que le pegan es porque le
gusta", "ella se lo estaba buscando", o "esos
sólo pelean para reconciliarse." El tercer mito es:
"entre marido y mujer, nadie se debe meter." Esta creencia
equivocada afirma que la agresión es un asunto privado en
el cual nadie debe intervenir. La verdad es que la violencia doméstica
es un problema que afecta a toda la sociedad. Los niños que
crecen en un hogar violento pueden desarrollar graves problemas
psicológicos y pueden internalizar la conducta violenta,
convirtiéndose en futuros agresores o en criminales. La violencia
en el hogar es un problema que nos afecta a todos.
IV.
¿Qué puede hacer la Iglesia ante la violencia doméstica?
Una
Iglesia llena del Espíritu Santo, puede hacer mucho para
combatir este mal. Veamos:
1. La
Iglesia de Jesucristo debe condenar la violencia doméstica:
Como Iglesia, estamos llamados a combatir el pecado en sus diversas
manifestaciones. La violencia en el hogar es un pecado más,
entre los muchos que debemos combatir. Si callamos ante este mal,
estaríamos convirtiéndonos en cómplices de
los agresores que aterrorizan a sus familias. Por lo tanto, estaríamos
cooperando con el pecado y negando el Evangelio de Jesucristo.
2. La
Iglesia está llamada a ministrar a las necesidades de las
víctimas de violencia en el hogar. La Iglesia
es una comunidad sanadora creada por Dios para proclamar el Evangelio
del Reino. Una de las formas más efectivas de dar buen
testimonio de nuestra fe es desarrollando ministerios de misericordia
para ayudar a las personas débiles, victimizadas, y oprimidas.
Ministrar a las personas que sufren no es una opción. ¡Todo
lo contrario! Es un mandato evangélico.
3.
La Iglesia debe buscar avenidas para ayudar al agresor.
La Biblia dice en Romanos 1:16 que "el Evangelio es poder
de Dios para salvación de todo aquel que cree." También
dice en II Corintios 5:17 "que si alguno está en Cristo,
nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas
son hechas nuevas." Esto nos lleva a afirmar que el poder
de Dios puede transformar al agresor en una nueva criatura que
no tenga la necesidad de agredir a los seres que ama. El agresor
necesita sanidad, ya que en la mayoría de los casos la
persona que hoy lastima a los demás proviene de un hogar
donde fue maltratado y abusado. Por todas estas razones, es necesario
que la Iglesia ayude al agresor a buscar la ayuda profesional
y espiritual que necesita para modificar su conducta, en el nombre
del Señor Jesucristo. Ahora bien, debemos dejar claro que
el proceso de modificación de conducta es largo y tedioso.
No debemos pensar que una experiencia de conversión será
suficiente para transformar a un hombre violento que lleva años
abusando de su esposa y de sus hijos. Como dice la Escritura,
debe haber una “renovación del entendimiento”,
el desarrollo de nuevos valores que nos produzcan nuevas maneras
de pensar, para que haya un cambio en la conducta. Por esta razón,
la mayor parte de los hombres abusivos necesitan complementar
el consejo pastoral con la terapia psicológica para cambiar
su comportamiento.
4. La
Iglesia debe educar a la sociedad. El gobierno tiene
diversas oficinas que prestan ayuda a las personas afectadas por
la violencia doméstica y que tratan de educar la sociedad.
Sin embargo, esto no es suficiente. Es necesario que la Iglesia
desarrolle programas educativos para combatir este mal; programas
que ministren a las necesidades físicas, morales y espirituales
tanto de las víctimas como de los agresores. La Iglesia
está llamada a enseñar a nuestro pueblo los valores
bíblicos que necesita aprender para alcanzar salvación
y vivir en comunión con el Señor.
V.
Conclusión
Terminamos
exhortando al liderazgo cristiano a condenar la violencia doméstica.
La violencia en el hogar es un pecado que aleja de Dios a nuestra
sociedad y que fragmenta la personalidad de las personas abusadas.
Usemos nuestros sermones, nuestros estudios bíblicos y nuestras
sesiones de consejo pastoral para orientar a nuestra feligresía
sobre este mal. El Dios de la Vida nos llama a combatir la violencia
doméstica.
Oficina
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